
Se trata de una de las diosas más complejas y antiguas del panteón egipcio, adorada ya desde tiempos predinásticos. Diosa de la guerra y de la caza y protectora de las ciencias, su templo principal estaba radicado en la ciudad de Sais ("Sau", según el idioma del Antiguo Egipto y, en árabe, "Sa el-Hagar"). Por su sabiduría, fue identificada con Atenea/Minerva o con Artemisa/Diana por parte de griegos y romanos.

Según nos cuentan los diálogos de Platón, fue la asamblea de los sacerdotes del templo de NEITH, en Sais, la que reveló a Solón que sus archivos se remontaban a millares de años en el pasado y que, en ellos, se hablaba de un continente situado más allá de las Columnas de Hércules, engullido por las aguas en una fecha correspondiente al año 9.560 a. JC., según nuestro sistema de tiempo actual.
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Neith. Estatuilla del 1er. milenio a.C. (Museo del Louvre, París) |
De acuerdo con los relatos de esos mismos informadores, Neith se
había engendrado a sí misma. Curiosamente, los sacerdotes de la diosa Neith eran reconocidos médicos especialistas en obtetricia.
NEITH suele ser representada como una mujer con la corona Roja del
Bajo Egipto, con arco, dos flechas y escudo, pues sus flechas alejan a
los malos espíritus.
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"The Veiled goddess Neith of Sais", tal como se describe en los trabajos de Plutarco. Obra del escultor belga Auguste Puttemans |
En
el Imperio Nuevo se convierte en la "diosa madre", ser andrógino
creador de dioses y hombres, la que engendró el universo a través de
siete flechas (o siete palabras, pues también se decía que creaba a
través de la palabra) con las que hizo surgir la colina primordial.